Retomando la búsqueda interminable del destino encontré
cartas de otros, quienes en lugar de mirarlas y pedirles que les hablen, se
dedicaron a dibujarlas y escribirlas ellos mismos. Ahora después de casi una mitad de mi vida revisando el Tarot,
el de Marsella, les cuento las que me acuerdo me tocaron a mí.
Creo que sí nací con estrella, l´étoile, así decía mi madre,
me convenció. Desnuda, recogiendo agua, con una pierna bien sembrada en la
tierra, con la otra lista para salir corriendo; llena de luz: de la de mi pueblo,
caliente e inevitable y de la estas ganas mías de alumbrar, solapada pero
latente.
Cuando conocí el Tarot, miré las láminas pintadas con oro,
rojo y azul, todo el tiempo durante esa alargada adolescencia que viví, lo hice
para reconocer el camino entre los caminos que parecían dispuestos ante mí, yo
quería que me hablaran de amores y de riquezas, quería que me saliera el
Chariot, triunfante y vigoroso.
Las leí en mis gozosos treinta años, para entender las
pasiones innombrables que me acosaban, para revisar mi pasado quieto y sobre
todo para no tener nada claro del futuro y regocijarme en mi confusión. Me
ayudaron a tomar decisiones locas y equivocadas, que de todos modos cobran
sentido ahora a los cuarenta. Era la Torre, la Maison dieu, compañera que
sacudía los cimientos de mi edificio en reconstrucción ya. En esa época nacía
un perro que me perseguiría a la pata como el del fou, el Mat; creo que para
estas altura logre darle una patada, hace días que no lo veía, por ahí me
parece que está rondando. En esos días pasé por todos los números, a veces
salía la luna, a veces el sol y esos eran los días más felices. Siempre con las
mujeres desnudas, del lado bueno, del lado malo pero siempre desprotegida, sin
ropa, creyéndole a la vida y a las palabras de evaporadas de alcohol.
El mago, Le Bateleur, para empezar de nuevo y la rueda de la
fortuna, me ayudaron a coger el barco más averiado para hacer una nueva y larga
travesía hacia la nada, esa fue determinante, yo le creí al oasis pintado entre
el Tarot, el I Ching y hasta las parábolas católicas. Se equivocaron los
oráculos, o me equivoqué yo al oír la versión dulce de sus cantos. Como los
perros bobos de la rueda, giré como una noria, sin gloria; porque el que mira
la rueda girar es quien descubre el eje, no el que se embarca en ella.
Después de ese paso, vinieron muchas cartas, muchos números,
movimientos, fines y comienzos, las sigo leyendo, volvió el día de querer escribir
cartas.
Leo a otros que escriben cartas y me antojo de escribir; veo las cartas
de mi recorrido, les cuento a grandes trazos como me han acompañado. Creo que amerita
echarles un vistazo a las cartas del Tarot porque dan pistas, quiero regresar a
leerlas para otros, así que consulten que volvieron las ganas de escribir.